Los amigos del rock and roll y una bufanda del Atleti

Texto / Pablo Sierra / Freedom Magazine

Crónica día 2. Una bufanda del Atleti cuelga en el espejo frente al que Leiva se coloca sus gafas de sol. La ha puesto allí Alejandro, colchonero desde la cuna y encargado de que los artistas que se preparan para salir al escenario de Sueños de Libertad no pasen hambre ni sed antes y después de cada concierto. El rockero madrileño dibuja media sonrisa al ver el escudo de sus amores en el camerino, el refugio sagrado donde los artistas espantan fantasmas antes de vaciarse delante del público. Bajo el oso y el madroño del escudo atlético, su equipo se conjura para ofrecer otra sesión de rock and roll en multitud con la misma convicción que desprende el Cholo Simeone cuando alienta a los chavales rojiblancos antes de saltar al césped del Calderón. Es el ritual que se puede ver en Breaking Bad, el último videoclip de la banda, y que repiten antes de cada actuación. Porque, aunque Leiva firme los discos a título personal, el cantante presume de formar parte de una banda de rock, con todo lo que eso implica.

Varias miles de personas se han apiñado sobre la arena de s’Arenal de Sant Antoni para ver a un tipo que ha conseguido ser un referente antes de alcanzar los cuarenta. Leiva es una sombra que se mece entre los focos rasgueando su guitarra eléctrica mientras suenan los primeros compases de Sincericidio, un inicio brillante gracias al espectáculo lumínico que han preparado los técnicos desde la cabina. En el escenario, la escolta que lleva Leiva es inmejorable. A su izquierda, César Pop, que acaricia los teclados (y la acústica cuando se tercia), es el escudero perfecto, un musicazo que hace que el rock fluya y permite al frontman concentrarse en su Telecaster para conseguir que baile el público al son de su voz de tenor. A su derecha, su hermano Juancho, participando en los coros y lanzando al aire una buena colección de riffs contundentes. El Niño Bruno, que ha sido batería de Calamaro y Fito Cabrales, marca el ritmo con talento y descaro. La sección de viento metal hace volar al combo cuando las melodías ponen dirección a unos estribillos trabajados y certeros. Hay complicidad y ganas de pasárselo bien al reivindicar el espíritu juguetón de Chuck Berry en los acordes de Superhermanas. Cuando Leiva se baja del escenario, después de una apoteósica interpretación de Lady Madrid, la sensación que queda entre el respetable es la de haber visto el show de un rockero que ha entrado en su etapa de madurez como músico, cantante y letrista.

Uno de los referentes cercanos que han ayudado a crecer a José Miguel Conejo Torres, el nombre que figura en el DNI del ex componente de Pereza, rebautizado como Leiva por culpa de Leivinha, el jugador brasileño del Atleti al que recordaba a sus mayores cuando pateaba la bola de chaval en la Alameda de Osuna, es Iván Ferreiro. A la primera escucha, la música de estos dos artistas parece circular por carreteras diferentes. Pero la complicidad entre ambos es máxima. Son caras distintas de la misma moneda. Los dos han sabido crecer por encima de los grupos que les lanzaron a la fama y, tanto el gallego como el madrileño, presumen de una curiosidad suficiente para explorar hasta los palos más ajenos. Eso les ha llevado a trabajar juntos en muchas ocasiones, a cruzar colaboraciones y establecer complicidades. La banda de uno y de otro están hermanadas hasta tal punto que es difícil reconocer quién toca con quién cuando comparten barbacoa en el backstage de Sueños de Libertad.

Las facilidades y el buen ambiente del festival ibicenco permite a los músicos una relajación inusual que luego se convierte en sonido agradecido a la hora de actuar. Eso se nota en el concierto de Ferreiro, que precede al de Leiva. La socarronería de muchas de sus letras se va desplegando según se avanza por un repertorio que es algo así como el mapa sentimental de varias generaciones de amantes al indie. El vigués, que empezó en este negocio a principios de los noventa, se mantiene moderno porque siempre ha contado la vida como le ha apetecido cantarla. Solo con esa libertad se pueden escribir himnos como Promesas que no valen nada, El equilibrio es imposible o Turnedó, que emociona aún más si se escucha en una playa humedecida por la bajada de temperatura que trae un crepúsculo bellísimo. El sol se pone sobre la bahía de Portmany mientras Ferreiro, con los dedos sobre el teclado o aguantando el micro, presenta en sociedad temas de su último disco, Casa, que pronto serán atemporales. Esa es la percepción que queda en los oídos por los que se ha colado el peculiar timbre de un gallego que arranca aplausos cuando entona El farsante o El pensamiento circular.

La tarde la ha abierto el estilo setentero y desacomplejado de los Zigarros. La figura de Ovidi Tormo, un tipo altísimo que desprende rock and roll por los cuatro costados, repasa el repertorio de los valencianos, llamados a encabezar las huestes de músicos españoles que beben del sonido de Memphis en los próximos años. La programación del festival está dispuesta a tocar todos los géneros del rock en una sola tarde. Las baladas con aire de pop artesano de Ferreiro y el balanceo stoniano de Leiva dejan paso a ese artefacto sonoro llamado Corizonas. La súper banda que forman Los Coronas y Arizona Baby es una tormenta de guitarras que descarga sobre la playa. Javier Vielba, un clásico de Sueños de Libertad, vuelve a hacer de las suyas un año después. Vestido con una chaqueta de aspecto deportivo, la boca que se esconde tras la barba del vallisoletano empieza a surfear sobre unas melodías que suenan a frontera y saben a tex-mex. Canta en castellano, en inglés y hasta en italiano. Se mete al público en el bolsillo con sus salidas filosóficas entre tema y tema, demostrando el carisma intelectual que posee el jefe de esta banda de forajidos dispuestos a pasárselo bien cada vez que se reúnen para tocar.

Si el rock and roll es liberarse para disfrutar, Sidonie ha hecho del pop psicodélico un parque acuático en el que pasar a remojo un verano sin fin. El trío barcelonés se encarga del fin de fiesta regalando buen rollo a mansalva. Vestidos como si fueran los padrinos de un novio a la fuga, se saltan la etiqueta con descaro cuando Marc Ros empieza a escalar cualquier elevación que encuentre sobre el escenario. El peor grupo del mundo, su último elepé, culmina un camino enfocado a celebrar la vida. Los Sidonie saben que la música y la magia son primas hermanas. Hay que convencer al público antes de engañarlo para que coree tus canciones. Y en ese aspecto, el vocalista catalán y sus dos compadres inseparables, el batería Àxel Pi y el bajista Jesús Senra, son tres ilusionistas consumados.

Clausurando la segunda jornada de Sueños de Libertad, son capaces de dejar afónicas miles de gargantas con la energía eléctrica de El bosque y El incendio, o empujarlas a improvisar un karaoke con la divertida No sé dibujar un perro. La multitud transporta en hombros a la voz grave de Marc Ros cuando el cantante decide abandonar la guitarra y lanzarse a la arena en busca del beso de una fan. Mientras tanto, suena Un día de mierda, esa canción compuesta para cantarla en la sobremesa dominical entre amigos, cubatas y risas. La madrugada está bien entrada cuando Estáis aquí remata la faena con ese estribillo que recuerda lo fácil que es encontrar una excusa para brindar por la vida. Da igual estar en Buenos Aires o en Berlín para levantar el vaso. Lo importante es que te acompañen las personas correctas.

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