La última noche suena a frontera

Texto / Pablo Sierra / Freedom Magazine

Crónica día 3. El sábado tiene un aire más étnico. Ha amainado el viento que sopló en la primera jornada al aire libre, pero sopla con fuerza la fusión que transportan los metales que redondean las melodías de Amparanoia o Depedro. La primera pone la fiesta, contagiando optimismo a las miles de personas reunidas y metiéndolas en calor a fuerza de mover los pies a ritmo de ranchera y merengue. El segundo aporta fuerza y melancolía, con un listado de temas que recorren de norte a sur la geografía de América sin detenerse en fronteras, muros ni alambradas.

Las bandas de Amparo Sánchez y Jairo Zavala expiden pasaportes invisibles a quienes escuchan su música, salvoconductos sonoros que no conocen embajadas ni aduanas, canciones que permiten viajar a un lado y otro del Charco haciendo escala en las costas africanas. La jienense y el madrileño, además, cruzan colaboraciones sobre el escenario. Así le ponen un adoquín más a la calzada que llevan construyendo desde que se conocieran en la noche de Madrid hace más de veinte años. Juntos formaron Ampáranos del Blues, una formación de culto que supuso la semilla de lo que ha venido después, dos carreras artísticas de largo aliento donde la mezcla ha tenido siempre un papel importante.

La tarde había comenzado con la vocalista de Aurora and the Betrayers haciendo bailar a los primeros valientes que acudieron al festival con una garganta tan potente que dejó prendado a Jordi Cardona, el dj encargado de amenizar los interludios entre banda y banda. La combinación de elegancia y fuerza que destila este grupo que bien habría podido surgir de un club neoyorquino de los años setenta deja a paso a Miguel Campello. El ilicitano regala los versos que resuenan en su garganta rota. El lado más garrapatero de los soñadores que se van apiñando frente al escenario del festival sale a relucir. Con el gorro ladeado y una baqueta en cada mano, Campello despliega su particular universo de huertos, acequias, duende y compás sobre la playa ibicenca. Los primeros acordes de Aire detienen por un momento el corazón de la audiencia. Campello y sus músicos acaban el tema yéndose por rumbas y dejando el escenario preparado para el huracán Amparanoia, que revolverá emociones con su torbellino de buen rollo antes de que Depedro le ponga un punto de épica latinoamericana a la noche con canciones como Nubes de papel, Comanche o su versión de La Llorona.

Pasarán las horas y la bahía de Sant Antoni se irá tiñendo de oscuridad. Sueños de Libertad enfilará su kilómetro final cuando suenen los primeros acordes de Merengue (inconfundibles y picantes como la letra de este himno fet a Eivissa) en la guitarra eléctrica que toca Omar Gisbert. Es el último bis del último concierto. La voz de David Serra, acompañada por el teclado de Juanma Redondo, la guitarra de Joan Barbé y la batería de Fernando Hormigo, van cerrando una noche difícil de olvidar. Para ellos y, evidentemente, para las miles de personas que reservaron un suspiro de energía con el que cerrar por todo lo alto la tercera edición del festival. El evento ya se concibe como una romántica trinchera desde la que resistir ante la dictadura del reguetón y la electrónica, de lo fácil y masivo. A Omar Gisbert, parco en palabras cuando tiene el micro delante, se le quiebra la voz al darle las gracias a Adrián Rodríguez por haberles engañado para volver con la excusa de que Un día es un día.

El organizador, apasionado del grupo que ha compuesto la banda sonora de los ibicencos nacidos en los setenta y ochenta, sale a regañadientes al escenario. Lo suyo no son los focos, prefiere el trabajo en la sombra, pero abrazado por el quinteto de Statuas d Sal posa en un selfie para el recuerdo. Esa fotografía, con las miles de personas que acudieron al evento detrás, es el punto final de un relato de tres días de música y arte que resonarán durante mucho tiempo en las cabezas de quienes dirán en un futuro: “Yo estuve allí y flipé con Fantastic Negrito”.

Porque la carta bajo la manga de Sueños de Libertad era la actuación del talentoso cantante de Oakland y sus excelentes músicos, que precedieron a Statuas d Sal. El último ganador del Grammy a mejor álbum de blues contemporáneo dio una lección magistral de música negra, pasando del soul al rock con sinceridad y desparpajo. Su manera de moverse desprendía un buen rollo corporal que muchos no tardaron en apreciar. A los cinco minutos, la versatilidad de sus cuerdas vocales y la energía de sus músicos ya se habían metido a la isla en el bolsillo.

In the Pines, el clásico del folk que popularizó Kurt Cobain en el Unplugged de Nirvana puso los pelos de punta a más de uno. El vello siguió erizado, claro, hora y media más, el tiempo que tardó Statuas d Sal en bajarse del escenario y la playa en quedarse vacía, esperando que Sueños de Libertad regrese en la primavera de 2018.

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