El teatro de los desobedientes

Texto / Pablo Sierra / Freedom Magazine

Crónica día 1. El Kanka, la criatura en la que se convierte Juan Gómez cuando empieza a puntear la guitarra, despacha música cargada de comicidad. Su sello de identidad se ha cocinado a fuego lento y tiene sabor porque se pasa el esnobismo cultural que desconfía de la risa por el arco del triunfo. Un par de sorbos de este caldo sin complejos activan el cuerpo como el mejor de los pucheros. El público de Ibiza (y los cada vez más fans del festival que han venido de la península) lo comprueba cuando al Kanka le toca abrir la tercera edición de Sueños de Libertad.

Sale el cantautor a las tablas. Está solo ante el peligro, pero tiene de su parte un puñado de canciones para obrar el milagro en el Cine Regio. A los pocos temas, el Kanka ya tiene a 600 personas de pie. Más que espectadores, parecen colegas. Los muchos que no lo conocían salen de la sala enamorados con su música, que sonará con insistencia durante las siguientes semanas en sus móviles y ordenadores, mientras recuerdan un concierto de alto voltaje. Las palmas baten fuerte cuando el Kanka entona A dieta de dietas, un tema que empuja hasta al más tímido a comerse el mundo. Con Refunk, este cantor que saca lo mejor de Kiko Veneno, el Lichis o Carlos Cano para hacer una música tan bonita como propia, enseña el diablo rítmico que tiene metido en la garganta. Las onomatopeyas que cuela entre verso y verso son tan importantes como las rimas que enlaza de forma frenética. Sin tiempo para recobrar el aliento, acelera aún más el pulso -levantando el puño y expulsando rabia por la caja de resonancia de su instrumento- cuando llama a quebrar las normas en A desobedecer, un himno que bascula entre el swing y las melodías que podrían sonar en una boda gitana que se celebrara en un pueblo perdido de los Balcanes.

El repertorio del Kanka se vuelve hogareño con los acordes de Canela en rama o Me gusta. En este tramo aprovecha para susurrarle a un patio de butacas rojas donde los espectadores descansan después de haber movido los pies con los temas más movidos, que casi arrancan saltos. Escuchar Vengas cuando vengas es como disfrutar en compañía del desayuno tardío que recupera al cuerpo tras una mañana de sexo con amor. La audiencia se siente a gusto al tararear Querría, una letra que explora el lado más clásico del bolero, incluido el punto mentiroso que acompaña al género. Entonces llega el momento de Volar. Sale Zenet a escena. Juntos grabaron este vals, que aparece en El día de suerte de Juan Gómez, hace tres años. Hasta esta noche, sin embargo, no han podido cantarla los dos boquerones en un concierto. Y, Zenet, recostado en un taburete y con la punta de un zapato meciéndose en el aire, acompaña a su compadre con una sonrisa en la boca.

El Kanka se marcha entre aplausos, no sin antes recordarle con guasa a su paisano que se lo ha puesto complicado para mantener el nivel. La gente está encendida, pero Zenet los amansa. Es un domador vestido de época que recoge el guante de su amigo y se pone manos a la obra. Igual que ocurre con el Kanka, donde hay más profundidad y elegancia de la que parece a primera vista en sus letras cotidianas, las apariencias engañan con Zenet. No es precisamente un señorito con chaqueta y sombrero. Esas prendas se las enfunda un trabajador nato que lleva décadas derrochando pasión en campos muy diversos. Mimo, actor, cantante, compositor… Zenet puede ser muchas cosas pero, por encima de todas ellas, es un abanderado del buen gusto y la constancia. Su voz, con el punto justo de rasgado, su manera de mirar, los movimientos de su mano derecha mientras canta, el golpeteo de su cabeza al compás de cada tema están trabajadas al milímetro porque solamente sobre el ensayo se puede improvisar.

El acompañamiento musical pone mucho de su parte para encandilar a un público que se ha trasladado a la coctelería de un hotel caribeño sin darse cuenta. La guitarra de José Taboada enlaza tumbaos con acordes jazzísticos, creando la base armónica y rítmica para que la trompeta del cubano Manuel Machado vaya por libre e imagine melodías. Con estos músicos se podría tocar hasta en el infierno, debe pensar el cantante cuando escucha a sus intérpretes, dos tipos muy respetados en la escena del jazz latino. La sabrosura de Machado encandila a los más melómanos y aumenta el brillo de Soñar contigo o Mil veces prefiero, las perlas de una selección de temas que cruzan el Charco una y otra vez usando las cuerdas vocales de Zenet como lianas transatlánticas. Con un pie en un malecón y el otro en un pueblo blanco andaluz, el cantante se baja del taburete, abandona el micro y se pone a cantar a capela para subir la emoción de un espectáculo al que todavía le queda una guinda llamada Amaral.

Lo que viene a continuación es un ejercicio de desmitificación del oficio musical: Eva Amaral vomitaba un par de horas antes de subirse al escenario y la posibilidad de cancelar su actuación era un fantasma que recorría los camerinos del festival. La vida del músico no es precisamente un camino de rosas cuando tiene que salir al escenario en esas condiciones. Ya lo decía Calamaro en El cantante: “Y nadie pregunta si río o si lloro”. El show debía continuar y la zaragozana sacó fuerzas para vencer a esa indigestión que la había tenido al borde del abismo. La experiencia, si de algo sirve, es para escapar de las situaciones más inverosímiles. Amaral tiró de tablas para defender su condición de cabeza de cartel con dignidad. En acústico, además, actuaban sin red y sacaron adelante un repertorio corto pero lleno de perlas.

El público no supo las circunstancias en las que se estaba desarrollando el concierto hasta la última canción, cuando la vocalista de uno de los grupos más interesantes y longevos del panorama español lo confesó. No fue un lamento en busca del aplauso fácil. Eva bromeó sobre el asunto con el mismo humor que reparte entre canción y canción, y con la complicidad de Juan Aguirre, su fiel compañero artístico desde que ambos se asociaran a orillas del Ebro a mediados de los noventa soñando con caminar por la senda de los Beatles o Bob Dylan.

Cuando en El universo sobre mí Eva echó mano de la armónica hacía rato que las palmas acompañaban algunos temas que ya son clásicos del pop en castellano. En Como hablar, desde que Juan punteó los primeros arpegios, las voces de ambos invocaron al espíritu de Antonio Vega, que ayudó en su momento a pulir esta joya de cuatro minutos de duración cantándola a dúo con Eva con su tono triste y solitario. Con Nocturnal avisaron de la bestia salvaje que todos custodiamos en el desván de nuestras cabezas. En Moriría por vos todo el respetable había coreado el afamado estribillo en el que, como Nicolas Cage entre las luces de Las Vegas, uno se plantea quemar la vida en un par de noches regadas de alcohol. Con Llévame muy lejos la energía rebelde de dos músicos maduros que no olvidan el barrio obrero del que surgieron encendió como una flama el espíritu reivindicativo del público, que no se aplacó con la delicada Cuando suba la marea, uno de los momentos más tiernos de la noche.

Todavía quedaba el último aliento de Amaral, el que utilizaron Juan y Eva para animar al público a cantar con ellos Revolución, un fin de fiesta sincero y sin artificios que demostró lo difícil que es hacerles callar. Ni siquiera un corte de digestión lo consiguió.

No Comments Yet.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *